Capítulo 1: Una llamada a medianoche

Thriller Novela Negra Española
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1

Miranda acababa de trasladar el cadáver al salón cuando sonó el teléfono.

Dejó sobre la alfombra el cuerpo de Bernardo Beltrán (43 años, sobrepeso, cuatro centímetros y medio de altura, made in China), cogió el reloj de pulsera que había dejado en la mesa junto a la casa de muñecas  y comprobó la hora: eran casi las dos de la madrugada. A esa hora, las únicas personas que podían llamarla eran su exmarido, su madre o su agente.

Miranda sacó el móvil del bolsillo y contestó sin mirar la pantalla:

—Estoy escribiendo, Jesús, déjame en paz.

En el auricular sonó distorsionada la risa de su agente.

—Buenas noches, Miranda. «Buenas noches». Así es como la gente normal empieza las conversaciones telefónicas. ¿No te enseñó modales tu madre?

—Los suficientes como para saber que las dos de la madrugada no son horas de tener una conversación telefónica normal.

—Entonces no tengamos una conversación telefónica normal.

Miranda apartó el teléfono de la cara con una mueca y miró la pantalla. Había visto la foto de contacto de Jesús un millón de veces a lo largo del último año y medio. Si alguna vez había ejercido un influjo sobre ella, ese influjo hacía tiempo que se había desvanecido.

—Es demasiado tarde hasta para eso. Especialmente para eso, Jesús. ¿Me vas a decir qué es lo que quieres? —preguntó mientras se levantaba de la silla y encendía las luces.

Al tiempo que el salón se iluminaba, la casa de muñecas en la mesa pareció empequeñecer. Era fácil mantener la ilusión de que se trataba de una casa real cuando la rodeaba la oscuridad, pero a plena luz se mostraba tal cual era: una maqueta de un tamaño considerable, casi un metro de alto por medio de ancho, pero no más que una maqueta a fin de cuentas, un escenario. El escenario en el que ella se entretenía representando las escenas del libro en que estaba trabajando cuando no conseguía sacar adelante un nuevo capítulo.

La casa, al igual que su segundo libro, no era más que una obra en construcción. Cuando la terminara, la familia de Valencia que se la había encargado le pagaría la segunda parte del precio que habían acordado. Como siempre, al recibir el dinero ella se indignaría porque una sola de sus casas de muñecas le reportaba más beneficios que su primera novela por menos trabajo, pero lo aceptaría de todas formas.

Miranda se alejó de la mesa, pasó junto a las estanterías llenas de libros (Sombras de un asesino, su único libro hasta la fecha, descansaba junto autores como Camila Lackberg, John Connolly, Norma Seller y Patricia Highsmith), caminó hasta el sofá y se dejó caer sobre los cojines. Comprobó que la llamada no se había cortado. Su agente llevaba casi medio minuto sin hablar. Asombroso.

—¿Sigues ahí?

—Sí, perdona, estaba recibiendo otro fax.

—¡Tienes un fax! Pero qué moderno eres, Jesús…

—La palabra que estás buscando es clásico.

—La palabra que estoy buscando es qué-demonios-quieres. Lo sé. Es larga. Compuesta. El español es una lengua viva y en constante evolución. Pero tengo otra más larga: por-qué-demonios-me-has-llamado.

Jesús volvió a reír y Miranda apartó de nuevo el móvil para examinar la fotografía en la pantalla. Moreno. Mirada penetrante. Y aquella maldita sonrisa que parecía decir «te tengo exactamente donde quiero». No, ya no ejercía ningún influjo sobre ella, pero podía entender que sus noches de trabajo en Madrid y Barcelona fueran… Divertidas.

—Pues ya que estamos inventando palabras, déjame decirte que yo tengo una nueva que te va a encantar —dijo Jesús.

—Que sea apta para menores. No estoy de humor.

—Es para mayores de 13 acompañados, pero te gustará igualmente. ¿Estás lista?

Miranda suspiró, cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz.

—Dispara, vaquero.

—Permiso-para-colaborar-en-una-investigación-de-asesinato.

El corazón de Miranda se detuvo un segundo en el pecho. Abrió la boca para decir algo, pero de su garganta no salió ningún sonido. Con los ojos ya abiertos, se concentró en algo que le parecía increíblemente complicado en aquellos momentos: respirar.

—Joder, sí que es larga… —murmuró al fin.

—Lo es.

—Y además de larga, ¿es de verdad?

—¿Qué sentido tendría mentirle en algo así a quien me ha visto desnudo?

—¿Va en serio o no? ¿Me estás diciendo que tengo permiso de la Policía Judicial para colaborar en una investigación?

Jesús tardó unos segundos en responder. Miranda odiaba aquellas pausas dramáticas tanto como su costumbre de buscarle a todo un doble sentido de índole sexual.

—Va en serio. Va muy en serio. Lo tengo aquí mismo, impreso. Tú nombre y apellidos. Tu NIF. Tu dirección. Todo. Con el membrete del Ministerio de Interior. No sé por qué tú exmarido me lo ha enviado a mí, aunque tengo alguna teoría al respecto.

—Será su forma de darte las gracias —dijo Miranda con una mueca.

—Pues ya puedes empezar a dármelas tú también, porque es urgente. No es que vayas a empezar mañana.

—¿No?

—No, empiezas ya mismo, Miranda. De hecho, si tardas, te lo pierdes. Por lo que sé, la científica podría estar ya en la escena del crimen. En cuanto llegue el juez se procederá al alzamiento del cadáver y se acabó lo que se daba.

—¡Joder!

No podía creérselo. Tras varios años intentando que le dieran permiso para echar un vistazo a los procedimientos policiales reales, cuando por fin se le presentaba la oportunidad corría el peligro de perdérselo si llegaba tarde.

Se levantó de un salto y corrió al baño. Lo que vio en el espejo no le gustó: el pelo moreno y grasiento recogido en una cola de caballo de la que habían escapado varios mechones, ojeras y el cutis reseco. Cuando no podía escribir apenas dormía y asuntos triviales como usar crema hidratante o lavarse el pelo pasaban a un segundo plano. Y llevaba sin escribir un párrafo decente casi cuatro semanas. A aquellas alturas aparentaba diez años más de los treinta y cuatro que había cumplido hacía apenas dos meses.

Tras decidir que no había mucho que pudiera hacer al respecto, dejó el móvil sobre el lavabo, se quitó la camiseta y el pantalón y los echó al cesto de la ropa sucia.

—¿Me puedes pasar la dirección? —dijo saliendo del baño en ropa interior una vez hubo recuperado el móvil—. Madre mía, Jesús, no sé ni por dónde empezar.

—De momento, por acercarte hasta allí. Puedo enviarte la… ¿Tienes fax?

—Sí, en las cocheras, junto al carruaje y los caballos —respondió Miranda ya en la habitación, con el teléfono encajado entre la mejilla y el hombro mientras sacaba unos vaqueros y una camiseta de tirantes de un cajón y los arrojaba sobre la cama. La camiseta tenía estampado el logotipo de AC/DC, pero quizá podría ocultarlo con una cazadora. No había mucho donde elegir—. ¿No puedes mandármelo al móvil como todo el mundo? ¿Está muy lejos?

—¿Todavía vives en la casa de tu abuela?

—Sí.

—¿Y cuándo piensas mudarte a Madrid? Es donde está la acción.

—Cuando tengáis las vistas al Cantábrico que tengo yo en mi ventana. ¿Está lejos o no?

—No mucho. Una hora y cuarto en coche.

Miranda soltó un bufido mientras cogía la camiseta.

—Te dejo. Mándamelo todo al móvil, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, y una cosa, Miranda. Vas de invitada, así que no metas la pata. Mantén los ojos abiertos y la boca cerrada. No sé por qué de repente te han dado ese permiso, pero…

—Por favor, no soy una de esas aprendices atolondradas que… —De pronto, cayó en la cuenta. Se detuvo en seco y volvió a arrojar la camiseta a la cama con una sonrisa—. ¿Qué haces en la oficina un sábado a las dos de la madrugada, Jesús?

—Trabajar.

Trabajar… —repitió Miranda.

—Sí, trabajar. Y ahora, ¿puedes darte prisa? Tengo que averiguar cómo enviarte un fax desde el móvil.

—Sácale una foto y mándamela por WhatsApp. Voy a colgar. Te llamo luego para contártelo todo.

Jesús parecía dispuesto a replicar algo, pero una voz de mujer lo interrumpió:

¿Te queda mucho?

Miranda soltó una carcajada.

—Jesús, te dejo, ahora sí que sí. Un besito para ti. De ella ya te encargarás tú, pero por favor, hazlo después de enviarme la dirección, ¿de acuerdo?

—Eh… vale. Te mando todo ya mismo.

—Hasta luego.

Colgó el teléfono y lo dejó caer sobre la cama deshecha, junto a los vaqueros. Se miró en el espejo, todavía en ropa interior, y no pudo evitar lanzarle un guiño a su reflejo y susurrarle: «¡Asesinato!»

Cuando el mensaje de Jesús iluminó la pantalla del móvil, ya se había puesto los pantalones, la camiseta y unas deportivas cómodas. Tras abrirlo vio el permiso expedido a nombre de Miranda García Gutiérrez, su NIF, la dirección de la vieja casa familiar en Punta de la Escalera, cerca de Gijón. Jesús no había mentido: el lugar al que debía acudir estaba a unos ciento diez kilómetros de distancia.

Una hora y cuarto de viaje, eso era lo que él le había dicho. Pensó que el cálculo era bastante razonable.

Mientras arrancaba el New Beetle negro y maniobraba en la explanada de grava frente a la casa para tomar el sendero que la llevaría hasta la autovía del Cantábrico, decidió que si no llegaba en menos de cincuenta y cinco minutos no se llamaba Miranda Grey.

 

 


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