Anfitriones, de Marc R. Soto (relato)

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—En este pueblo, sabe usted, nos encantan las visitas. En cuanto oímos el silbo de Marcial desde la curvona, nos ponemos en marcha. El alcalde cierra el paso del agua y la fuente queda muda. Graciela vacía un saco de tierra en la plaza, en montoncitos cuidadosamente dispuestos. Si hubiera baile (a veces hay baile), los músicos esconden los instrumentos y las trillizas cortan con sus tijeritas de plata las guirnaldas y las dejan escapar al viento. Es un juego: los postigos colgando; las puertas arrancadas de sus goznes y tiradas por ahí, como de cualquier manera… y debería ver cómo ululan y ríen los más pequeños camino de la ermita. Todo esto a mediodía, pero si es medianoche y algún bobo (no se ofenda) da con sus huesos aquí por error, es aún mejor. Nos encantan las visitas, sabe usted, pero nos gustan aún más cuando son para quedarse.


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